Arqus celebra el Día del Orgullo con una reflexión del investigador Luca Trappolin: ¿un regreso a la protesta de sus orígenes? 

Cada 28 de junio, se celebra el Día del Orgullo como un momento para reconocer la historia, la resiliencia y la lucha continua de la comunidad LGBTQIA+ en todo el mundo. Este día también se convierte en una oportunidad para reflexionar sobre el papel de las universidades en la promoción de la igualdad, la lucha contra la discriminación, el fomento de la igualdad de oportunidades y el apoyo a la diversidad dentro del Espacio Europeo de Educación Superior. 

En este contexto, Luca Trappolin, profesor de Sociología en el Departamento de Filosofía, Sociología, Pedagogía y Psicología Aplicada (FiSPPA) de la Universidad de Padua, analiza la evolución del significado del Orgullo y su relación con sus orígenes como movimiento de protesta y activismo. Como subdirector del Centro de Estudios Elena Cornaro de Estudios de Género, Culturas y Políticas, Trappolin ha centrado su investigación a las movilizaciones LGBTQI+, la construcción social de la homotransfobia, la violencia contra las personas LGBTQI+ y las prácticas familiares y parentales no heteronormativas.

En su artículo «El Día del Orgullo hoy: ¿un regreso a la protesta de sus orígenes?», aborda si las celebraciones actuales del Orgullo están volviendo a conectar con las reivindicaciones políticas y el espíritu activista que dieron forma al movimiento desde sus inicios.

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El Día del Orgullo hoy: ¿un regreso a la protesta de sus orígenes? 

La coyuntura histórica actual en muchos países occidentales se caracteriza por una renovada hostilidad hacia la diferencia sexual y de género, legitimada por la política de los partidos nacionalistas de derecha que ocupan posiciones centrales dentro de las estructuras de gobierno. La retórica de oposición a la denominada «ideología de género» ha demostrado ser, en este sentido, una estrategia sumamente eficaz, utilizada por los líderes políticos para suscitar alarma social sobre los múltiples riesgos que supuestamente se derivan de la idea de que el género y la sexualidad son construcciones sociales sin fundamento natural. Al mismo tiempo, a nivel internacional, las relaciones entre Estados están cada vez más moldeadas por las ambiciones expansionistas de las superpotencias, que no muestran ningún reparo en violar los derechos humanos, emplear la fuerza militar para invadir territorios e imponer sus propias visiones hegemónicas.

¿Influyen estos dos factores en la forma y el significado de los eventos y movilizaciones que tienen lugar durante las jornadas vinculadas al Día del Orgullo? Nosotros creemos que la respuesta es afirmativa.

Sabemos que, con el paso del tiempo, las movilizaciones de las organizaciones y las personas LGBTQI+ han logrado un importante grado de reconocimiento institucional, lo que ha dado lugar a conmemoraciones específicas celebradas a nivel internacional. Ejemplos de ello son la creación del Día Internacional de la Memoria Transgénero (TDoR), que se celebra anualmente el 20 de noviembre para conmemorar a las víctimas de la hostilidad contra las personas transgénero y no binarias; el más reciente, y menos celebrado, el Día Internacional de la Visibilidad Transgénero (TDoV), el 31 de marzo y dedicado a celebrar el orgullo de las personas transgénero y no binarias; y el más conocido, y más ampliamente reconocido, Día Internacional contra la Homofobia, la Bifobia y la Transfobia (IDAHOBIT), que tiene lugar el 17 de mayo para conmemorar la despatologización, lograda en diferentes momentos históricos, de la homosexualidad y la transexualidad.

Sin embargo, también sabemos que ninguna de estas celebraciones ha restado importancia a las del Mes del Orgullo. Durante las distintas jornadas del Día del Orgullo celebradas en junio, las reivindicaciones actuales remiten al «mito fundacional» del movimiento: el levantamiento del Stonewall Inn, ocurrido en Nueva York durante la noche del 27 al 28 de junio de 1969. Este acontecimiento simboliza la ruptura política y cultural más significativa en la historia de las movilizaciones LGBTQI+, al marcar el tránsito desde las reivindicaciones de las organizaciones homófilas, centradas en reclamar tolerancia frente a la diferencia sexual y de género, hacia una lucha orientada al reconocimiento del valor positivo y transformador de esa misma diferencia. La importancia del Día del Orgullo se fundamenta en la concepción del orgullo como una forma de resistencia política frente a las estructuras que regulan y normativizan los cuerpos, los deseos y las relaciones.

Desde principios de la década de 1970, las celebraciones del Orgullo se han expandido enormemente, tanto cuantitativa como cualitativamente. Desde un punto de vista cuantitativo, a los aproximadamente 1 000 activistas que se reunieron en Nueva York en 1970 para conmemorar los eventos de Stonewall del año anterior se les han unido progresivamente cientos de miles de personas, activistas y simpatizantes de fuera de la comunidad, en un gran número de ciudades y países de todos los continentes. Desde un punto de vista cualitativo, las celebraciones del Orgullo se han enriquecido con la incorporación de nuevas subjetividades que ya no se limitan exclusivamente a las personas gais y lesbianas, sino que incluyen también a las personas bisexuales, trans, queer e intersexuales. Estas subjetividades dan voz a esa resistencia política y articulan la protesta en función de las particularidades del contexto en el que se desarrolla.

La difusión internacional de las celebraciones del Orgullo LGBTQI+ ha contribuido sin duda a erosionar el frente de hostilidad contra las personas no heterosexuales y no cisnormativas, incluso en contextos donde las diferencias sexuales y de género siguen sin reconocerse institucionalmente, o de hecho se oponen activamente. Sin embargo, particularmente en contextos occidentales, la popularidad lograda por el Día del Orgullo también ha producido efectos negativos. Por un lado, la consecución de éxitos considerables en materia de políticas públicas ha generado procesos de normalización y despolitización de las identidades LGBTQI+, en los que las lógicas de individualización y las demandas del mercado cobran cada vez más protagonismo. Esto beneficia por completo a aquellos sujetos que, al ocupar posiciones dominantes en otros ejes de la estratificación social, son capaces de interpretar su propia diferencia sexual y de género reduciéndola a una cuestión de vida privada. Por este motivo, en el seno de la comunidad LGBTQI+ han surgido, en el nuevo siglo, voces disidentes procedentes de personas racializadas, de identidades y expresiones de género diversas y de colectivos en situación de precariedad material, que denuncian la deriva neoliberal y homo/cisnormativa de las celebraciones del Día del Orgullo. Por otro lado, las demandas de protección contra la violencia y la discriminación, y la implementación de las políticas correspondientes, corren el riesgo de acentuar la estigmatización de grupos que, por razones culturales, religiosas, étnicas o de clase social, se consideran particularmente hostiles. De este modo, nos adentramos en el complejo terreno del conflicto entre minorías (en el que la defensa de una minoría se traduce en un ataque contra otra), lo que favorece la aplicación de políticas antimigratorias y, en términos más generales, la difusión de retóricas homonacionalistas que reivindican la primacía de Occidente. No es casualidad que, en los primeros años del nuevo siglo, durante muchas jornadas vinculadas al Día del Orgullo se llevaran a cabo movilizaciones en defensa de las víctimas de la homotransfobia en países no occidentales, o para proteger a las personas LGBTQI+ de origen inmigrante de los riesgos de victimización asociados a las culturas en las que se habían socializado.     

Es precisamente sobre estos efectos negativos sobre los que el actual período histórico puede ejercer una influencia positiva. En los países occidentales, el protagonismo adquirido por fuerzas políticas explícitamente hostiles a las reivindicaciones LGBTQI+ , en particular hacia las personas transgénero, ha puesto de manifiesto la precariedad de los logros alcanzados mediante la privatización de las diferencias sexuales y de género. Desde esta perspectiva, las jornadas con motivo del Día del Orgullo en los últimos años han puesto de manifiesto una nueva cohesión de la comunidad LGBTQI+ y quienes la apoyan, así como un retorno a la interpretación del Orgullo como un acto político de resistencia contra las estructuras hetero/cisnormativas y las trampas del «rainbow washing». Este último fenómeno se entiende como la apropiación de los símbolos y discursos LGBTQI+ con fines comerciales o reputacionales, sin un compromiso real con la igualdad. Las voces disonantes dentro de la comunidad no han desaparecido, sino que han encontrado una ventana de oportunidad para la construcción de alianzas estratégicas con sujetos más acomodados que, hasta hace unos años, habrían parecido poco probables. Al mismo tiempo, las guerras de invasión y ocupación a escala internacional han vuelto a situar en el centro del Orgullo cuestiones complejas, como la defensa de las poblaciones víctimas del imperialismo soberanista. Aunque siguen siendo asuntos profundamente controvertidos, como lo demuestran los conflictos en torno a la presencia de organizaciones judías LGBTQI+ en los eventos del Orgullo, impulsan al Orgullo a ir más allá de un enfoque meramente étnico de la diferencia sexual y de género, lo que desencadena debates sobre la transversalidad de la dominación y las luchas correspondientes por la justicia social. 


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