Entrevista a Rascha Albaba Acosta con motivo del Día de Europa 2026

Con motivo del Día de Europa, que se celebra el 9 de mayo, hemos lanzado una serie de entrevistas con destacados investigadores y expertos en asuntos europeos, a quienes invitamos a reflexionar sobre la situación actual que atraviesa nuestro continente. En un momento marcado por tensiones geopolíticas, incertidumbre social y grandes desafíos globales, estas conversaciones buscan aportar análisis y perspectivas críticas sobre el presente y el futuro de Europa.

En esta segunda entrevista de la serie, hablamos con Rascha Albaba Acosta, que cuenta con un máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos, así como con un grado en Sociología por la Universidad de Jordania. Tiene más de siete años de experiencia profesional en el ámbito de los derechos humanos, incluidos cinco años de trabajo con Naciones Unidas en Jordania. Su especialización se centra en género, inclusión y prevención de la violencia, así como en la implementación y el seguimiento de mecanismos internacionales de derechos humanos.

Durante su etapa en Jordania, trabajó en la respuesta a la crisis de refugiados sirios y ejerció como punto focal de género dentro del grupo de trabajo sobre violencia de género coordinado por Naciones Unidas. Actualmente, su investigación aborda la discriminación, el discurso de odio y el extremismo en Europa desde una perspectiva de derechos humanos e interseccional, prestando especial atención a las políticas de externalización migratoria y a la gestión de las personas refugiadas en Europa. Su trabajo de fin de máster, titulado Entre la política y la realidad: construcción de resiliencia en la Unión Europea y entre los refugiados sirios en Jordania, examinó la brecha entre los marcos políticos europeos y las experiencias vividas por las comunidades desplazadas.

  • Desde el puesto que ocupas actualmente en la Fundación Euroárabe, con sede aquí en Granada , donde trabajais en proyectos de investigación sobre discriminación, discursos de odio y extremismos , ¿por qué dirías que tiene sentido defender la paz y los Derechos Humanos?

Desde mi experiencia en la Fundación Euroárabe de Altos Estudios, aquí en Granada, donde trabajamos en proyectos de investigación sobre discriminación, discursos de odio y extremismos, defender la paz y los derechos humanos no es una opción: es una responsabilidad ética y profesional que atraviesa todo lo que hacemos.

En mi día a día, veo cómo el odio no es algo abstracto, sino una realidad que afecta directamente a personas y comunidades. Por eso, nuestro trabajo se centra en algo muy concreto: generar conocimiento riguroso que sirva para mejorar políticas públicas y fortalecer la respuesta institucional frente a estos fenómenos. A través de proyectos europeos como ECLIPSE, HATEDEMICS, PARTESS-COM, SHIELDed, VicTory, VIRTUOUS, analizamos cómo evolucionan los discursos de odio en Europa y en España, desarrollamos herramientas prácticas para profesionales y, sobre todo, trabajamos para que las víctimas tengan acceso a información, apoyo y espacios donde sus voces sean escuchadas.

Pero más allá de la investigación, hay una dimensión humana fundamental. Colaboramos directamente con instituciones públicas, fuerzas de seguridad, el sistema de justicia penal, organizaciones sociales, el sector educativo, personas investigadoras, personas jóvenes y la comunidad en general para mejorar la atención a las víctimas desde un enfoque basado en derechos humanos, basado en la víctima y también en la justicia restaurativa, evitando su revictimización. También contribuimos a proteger espacios de pertenencia, como los lugares de culto, y promovemos campañas que visibilicen a las comunidades más vulnerables y cuestionen estereotipos profundamente arraigados.

Defender los derechos humanos no es una elección, es una responsabilidad. Es un compromiso con la dignidad humana. El derecho internacional no solo los reconoce, sino que nos obliga, especialmente a quienes trabajamos en lo público, a protegerlos y hacerlos efectivos. En un mundo cada vez más interconectado, donde las personas se desplazan y las sociedades se transforman, los derechos humanos son el marco que protege nuestra dignidad, nuestra diversidad, nuestra libertad y nuestra capacidad de tomar decisiones sin injerencias indebidas. Los derechos humanos son lo que garantiza que todas las personas, sin excepción, puedan vivir con dignidad, libertad y autonomía.

Son, además, la base del Estado de derecho: establecen que nadie está por encima de la ley. Son el límite frente al abuso de poder. Y precisamente en un momento en el que vemos cómo, en distintos contextos, se intentan restringir o reinterpretar estos derechos, su defensa se vuelve no solo necesaria, sino urgente.

Para mí, la universalidad no es solo un principio, es la base de todo: los derechos no deberían depender nunca del lugar en el que te encuentres. Los artículos 1 y 2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de Naciones Unidas lo dejan claro: todas las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Y el artículo 29 añade un elemento clave: los derechos conllevan responsabilidades. Solo en comunidad podemos ejercerlos plenamente, siempre respetando los derechos de los demás y los principios de una sociedad democrática. Por eso, su defensa no es solo tarea de los Estados, sino una responsabilidad compartida.

Queda mucho por hacer. Pero creo profundamente en el poder del diálogo, en la comprensión mutua y en la necesidad de crear espacios donde todas las voces puedan ser escuchadas, para reforzar esa responsabilidad compartida y seguir avanzando en una mejor defensa de los derechos de todas las personas. Esa convicción es, precisamente, lo que me llevó a formar parte de la Fundación Euroárabe.

  • ¿Qué papel consideras que juega el ámbito de la investigación en este trabajo por preservar los Derechos Humanos?

La investigación es un pilar esencial en la defensa de los Derechos Humanos porque permite algo básico pero decisivo: hacer visibles realidades que, de otro modo, permanecerían ocultas. También es una herramienta clave para combatir la desinformación, que hoy en día alimenta muchas formas de vulneración de derechos.

A través de la evidencia, la investigación coloca los hechos en el centro del debate público y contribuye directamente a la rendición de cuentas. Sin datos, sin análisis rigurosos y sin documentación sistemática, muchas situaciones de violencia, exclusión o discriminación simplemente no llegarían a ser reconocidas ni abordadas.

Un ejemplo muy significativo para mí viene de mi experiencia trabajando con el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) en Jordania, en un estudio sobre la llamada period poverty (pobreza menstrual) y el acceso de mujeres y niñas a productos e información de higiene menstrual. El informe visibilizó cómo la falta de acceso a recursos básicos, información adecuada y condiciones dignas afecta especialmente a mujeres y niñas en contextos de vulnerabilidad, incluyendo refugiadas, comunidades en zonas rurales y áreas con servicios limitados. Este tipo de evidencia permitió poner el tema en la agenda pública y fortalecer las recomendaciones dirigidas a mejorar políticas y respuestas comunitarias en este ámbito.

Este trabajo me marcó profundamente porque muestra algo muy concreto: cuando la investigación se conecta con la realidad de las personas, puede convertirse en un punto de inflexión para el cambio, no solo a nivel institucional, sino también comunitario.

Además, la investigación juega un papel clave dentro de los mecanismos internacionales de Derechos Humanos. Procesos como el Examen Periódico Universal de Naciones Unidas o el trabajo de los comités internacionales dependen en gran medida de evidencia sólida y documentación rigurosa para formular recomendaciones a los Estados y evaluar su cumplimiento.

Del mismo modo, los procedimientos especiales de Naciones Unidas se apoyan en investigaciones independientes que permiten documentar violaciones de derechos en contextos complejos y aportar evidencia para la acción internacional. Un ejemplo de ello que muchas personas leyentes conocerán seguramente es el trabajo de Francesca Albanese, la Relatora Especial sobre la situación de los derechos humanos en el territorio palestino ocupado desde 1967, cuyos informes oficiales, basados en documentación rigurosa, análisis de patrones de violencia y recopilación de evidencias sobre el terreno, han contribuido a sistematizar y visibilizar violaciones graves de derechos humanos, situándolas dentro de los marcos del derecho internacional y generando insumos clave para la rendición de cuentas a nivel internacional, lo que pone en valor el papel poderoso de la investigacion.

Por último, la investigación tiene un valor que considero fundamental: amplificar las voces de las personas afectadas. No se trata solo de producir conocimiento, sino de abrir espacios para que esas experiencias sean escuchadas, reconocidas y tenidas en cuenta. En ese sentido, investigar también es una forma de dar presencia a quienes, con demasiada frecuencia, han sido silenciados.

Y eso, en esencia, es lo que hace que la investigación sea tan decisiva en la defensa de los Derechos Humanos: convierte la evidencia en acción y la realidad en responsabilidad compartida.

  • El próximo 9 de mayo se celebra el Día de Europa, ¿qué se te viene a la cabeza cuando piensas en Europa?, ¿qué logros dirías que se han alcanzado en materia de paz en nuestro continente?

Cuando pienso en Europa, pienso en un proyecto profundamente transformador: una región que fue capaz de pasar de la devastación de la guerra a construir un espacio de paz, cooperación y valores compartidos. La construcción de la Unión Europea es, sin duda, uno de los mayores logros históricos en términos de estabilidad, reconciliación y progreso conjunto.

Europa no solo ha consolidado décadas de paz entre países que durante siglos estuvieron enfrentados, sino que también ha construido un modelo basado en la democracia, el Estado de derecho y la protección de los Derechos Humanos. A ello se suma el desarrollo del mercado único y de políticas de libre circulación que han ampliado las oportunidades de millones de personas, junto con programas de movilidad, cooperación educativa y científica y políticas de cohesión que han contribuido a reducir desigualdades y a fortalecer un sentido de ciudadanía europea.

En lo personal, mi relación con Europa también es vivencial. Como persona europea, española y jordana, he podido experimentar de forma directa lo que significa vivir en un contexto donde la libertad, la igualdad y la protección de los derechos están más sólidamente garantizadas. Aunque en Jordania existen también importantes libertades y se están produciendo avances significativos cada día en materia de derechos, la experiencia de la igualdad ante la ley y su plena consolidación no es la misma. Esta vivencia comparada me ha llevado a valorar profundamente lo que realmente significa la libertad y su valor, consciente de que, para muchas personas en distintos contextos, ejercerla todavía tiene un coste muy elevado.

Por eso, cuando celebramos Europa, también debemos hacerlo desde la conciencia crítica. En el contexto actual, la polarización política, las tensiones geopolíticas, la desinformación, las desigualdades y las múltiples crisis están poniendo a prueba los principios que han sostenido este proyecto. Europa ha sido – y hasta un alto grado sigue siendo – un referente global al demostrar que es posible transformar conflictos históricos en cooperación y construir paz a través de instituciones comunes. Pero esa paz no es un estado adquirido: es un proceso que requiere defensa constante.

Europa debe seguir siendo un referente. Pero para ello, es imprescindible proteger activamente sus valores, cuestionar sus contradicciones y trabajar colectivamente para que la paz, la igualdad y la dignidad no sean solo principios fundacionales, sino realidades vivas y sostenidas en el tiempo.

  • Según tu experiencia de trabajo en varios organismos internacionales como Naciones Unidas, ¿qué papel crees que tiene Europa en el contexto geopolítico actual? ¿Y qué retos dirías que tiene aún Europa para hacerse valer como un actor con voz propia en este orden internacional?

Europa, y en particular la Unión Europea junto con sus Estados miembros, sigue siendo un actor clave en el sistema multilateral, especialmente en Naciones Unidas, tanto en la Asamblea General como en el Consejo de Seguridad, donde los países europeos participan activamente en la configuración de agendas globales de paz y seguridad.

Su influencia se expresa a través de su “poder normativo”, es decir, su capacidad de proyectar estándares internacionales en ámbitos como los Derechos Humanos, el derecho internacional, el clima, el comercio o la gobernanza digital. En ese sentido, Europa no solo actúa como un actor político y económico, sino también como un referente regulatorio y ético en el sistema internacional.

Sin embargo, en el contexto geopolítico actual, este papel se enfrenta a tensiones crecientes. Por un lado, hemos visto respuestas europeas rápidas y coordinadas en determinados conflictos, como la guerra en Ucrania, tanto en el ámbito político como humanitario y económico. Pero, al mismo tiempo, en otros contextos de crisis humanitarias y violaciones graves del derecho internacional, las respuestas han sido más fragmentadas o percibidas como menos consistentes. Esta asimetría genera un debate legítimo sobre la coherencia y la universalidad de los principios que Europa defiende.

A esto se suman los retos internos que impactan directamente en su proyección exterior. Las políticas migratorias europeas, especialmente desde la crisis de 2015–2016, han evolucionado hacia enfoques más centrados en el control y la externalización de fronteras, lo que ha abierto un debate profundo sobre el equilibrio entre la gestión migratoria y la protección efectiva del derecho de asilo. Sin embargo, eso lo seguimos viendo en medidas actuales. Estamos observando una evolución de las políticas hacia enfoques más centrados en el control y la externalización de la gestión migratoria, incluyendo el refuerzo de la cooperación con terceros países y debates recientes en torno a propuestas como el denominado “Return Regulation” en el Parlamento Europeo, que han reabierto discusiones importantes sobre el equilibrio entre la gestión migratoria y la protección efectiva de los Derechos Humanos. Asimismo, el aumento de la desinformación, el racismo, los discursos de odio y la polarización social dentro de Europa debilitan la cohesión interna y afectan a la credibilidad externa del proyecto europeo.

En este contexto, Europa necesita reafirmarse. No solo como un espacio de derechos hacia dentro, sino también como un actor coherente hacia fuera. Y esta responsabilidad no recae únicamente en las instituciones, sino también en la ciudadanía. No podemos olvidar el camino recorrido ni las luchas que hicieron posibles las libertades de las que hoy disfrutamos.

En paralelo, también es importante reconocer que la ciudadanía y sociedad civil europea ha adquirido un papel cada vez más activo y visible. En los últimos años hemos visto manifestaciones masivas en distintas ciudades europeas, campañas de sensibilización, posicionamientos de universidades y organizaciones sociales, así como acciones de incidencia política en distintos contextos globales para defender la dignidad humana y los derechos humanos.

Un ejemplo claro ha sido en el caso de Palestina, donde la sociedad civil ha mantenido una movilización sostenida en el tiempo, con protestas, campañas de boicot, iniciativas académicas y pronunciamientos de colectivos profesionales. También han surgido acciones simbólicas y de presión política, como las flotillas de solidaridad, que han tenido un fuerte impacto mediático y han contribuido a visibilizar la situación humanitaria y a exigir una mayor coherencia en la aplicación del derecho internacional humanitario.

Este tipo de movilización no es aislado, sino que refleja una tendencia más amplia de una ciudadanía europea cada vez más consciente y activa, que demanda coherencia en la política exterior y una defensa más consistente de los valores que Europa dice representar.

  • Por último, queríamos preguntarte, a nivel personal, ¿cuáles son tus preocupaciones en relación a los acontecimientos geopolíticos de los que estamos siendo testigos? ¿Cómo consigues mantener la esperanza?

A nivel personal, hay varias dinámicas actuales que me preocupan profundamente como sociedad. Me inquieta, en primer lugar, la creciente polarización y la normalización de los discursos de odio, junto con el impacto cada vez más fuerte de la desinformación, que están fragmentando el espacio público y erosionando nuestra capacidad colectiva de pensar críticamente.

Me preocupa igualmente el aumento del individualismo y la pérdida del sentido de responsabilidad colectiva. Los derechos humanos no se sostienen solo desde las instituciones, sino desde una cultura compartida basada en la empatía, la solidaridad y el reconocimiento del otro.

Otro aspecto que me interpela especialmente es la falta de coherencia en la forma en que se defienden los derechos de las mujeres a nivel global. En ocasiones, la respuesta no es universal ni interseccional, y se percibe una cierta jerarquización de las violaciones de derechos según el contexto geopolítico. Esto debilita la credibilidad del compromiso con la igualdad de género: defender los derechos de las mujeres implica hacerlo en todos los contextos, sin excepciones y sin dobles estándares.

También me preocupa profundamente la crisis climática y la falta de respuestas proporcionales a la magnitud del problema. Sus impactos no son futuros ni abstractos, sino presentes, y afectan de forma directa a derechos fundamentales y a las desigualdades existentes.

Y, aun así, a pesar de todo ello, mantengo la esperanza.

La encuentro, de manera muy concreta, en las personas. En quienes trabajan cada día desde la investigación, la educación, el derecho o el activismo para defender los derechos humanos. En una ciudadanía que se moviliza, que cuestiona, que no acepta la injusticia como algo normal. En las calles, en las universidades, en las organizaciones sociales, y en todas esas formas de activismo más visibles o más silenciosas que siguen exigiendo dignidad y coherencia.

También encuentro esperanza en quienes rompen con visiones parciales y apuestan por enfoques más inclusivos e interseccionales de los Derechos Humanos, entendiendo que la igualdad no puede ser selectiva ni depender del contexto.

En mi caso, la esperanza no es algo abstracto. Es una decisión cotidiana. Es elegir implicarse, informarse, no mirar hacia otro lado y seguir creyendo que incluso en contextos muy complejos es posible construir sociedades más justas, más coherentes y más humanas.

Biografía de Rascha Albaba Acosta

Rascha Albaba Acosta cuenta con un Máster en Cultura de Paz, Derechos Humanos, Conflictos y Educación por la Universidad de Granada y es licenciada en Sociología por la Universidad de Jordania. Tiene más de siete años de experiencia profesional en el ámbito de los Derechos Humanos, de los cuales cinco los desarrolló en Jordania trabajando con Naciones Unidas. Está especializada en género, inclusión y prevención de la violencia, con experiencia en la implementación y seguimiento de mecanismos internacionales de derechos humanos. En Jordania, trabajó en el plan de respuesta a la crisis de refugiados sirios, donde ejerció como punto focal de género en el subgrupo de trabajo sobre violencia de género coordinado por Naciones Unidas.

Actualmente, desarrolla su trabajo en investigación aplicada sobre discriminación, discursos de odio y extremismos en Europa, desde un enfoque de derechos humanos e interseccionalidad. Sus líneas de investigación incluyen el análisis de las políticas de externalización de la gestión migratoria y del refugio en Europa. Su Trabajo de Fin de Máster (TFM) se tituló: «Entre la política y la realidad: la construcción de la resiliencia de la UE y de los refugiados sirios en Jordania».